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Mirada de Gato

Para ver claro, basta con cambiar la dirección de la mirada.
Antoine de Saint-Exupéry

Desde la adolescencia uso lentes porque mi punto de convergencia con la luz está delante de la retina, de manera que ésta penetra muy poco y esto hace que a cierta distancia vea borroso y por las noches las personas me parezcan los personajes oscuros de Goya. Soy miope como un gato.
Contrario a lo que se pensaba, los gatos en el día tienen una visión muy limitada, apenas de 6 metros, en oposición al hombre que a 30 metros todavía tiene alcance visual. También nuestro eje ocular periférico es de 20, el de los gatos es de 30,  por esta razón los bordes de su enfoque son imprecisos. Sin embargo, tienen más fotoreceptores que los humanos, ampliándose su visualización durante la noche, de manera que su pupila se retrae y nos ofrecen una mirada brillante, enigmática.
A pesar de mi  limitación óptica, la observación ha sido algo que con los años he aprendido a agudizar. El acto de redescubrir los objetos, los paisajes, el color y la forma que tienen me han llevado a que disfrute de modo incomparable.
Me pregunto ¿Qué hay más allá de los objetos? ¿De los lugares? Aquellos que desde nuestra infancia estuvieron allí desapercibidos, cotidianos, limitados a ser un punto de referencia que al igual que una corta visión toman forma y se esclarecen solo cuando están en cercanía.
A veces pasamos por la vida con una miopía latente ante las situaciones. La capacidad de asombro ante un hecho es lo que hace que encontremos esos detalles recónditos, que a simple vista no nos dicen nada. Como revelar que hay dentro de la estructura de una pared y cómo progresó desde la mezcla del cemento hasta que se convirtiera en un muro que nos protege del frío o nos esconderá del mundo.
Lo más hermoso que nos puede ocurrir es conocer las historias a través de la mirada de otros. También hilvanar lo que una persona está diciendo y qué expresa con su cuerpo, sus gestos. Porque a veces nuestra percepción no capta la esencia, el alma oculta de las cosas.
Cada uno es un testigo ocular de un mismo hecho y resulta fascinante que todos contamos algo distinto porque  vivimos experiencias diferentes esto hace que construyamos un enorme banco de miradas.
Esta práctica también me sucede cuando hago una relectura de un libro, de un artículo,  de una película me sumerjo en las aguas de cada lenguaje y busco yacimientos que en un primer vistazo no había encontrado. Estos hallazgos me resultan únicos porque establezco un diálogo visual, contemplativo, tal como la madre que sostiene al hijo en brazos y pasa horas observando cada detalle de su minúsculo cuerpo, los enamorados que se hacen el amor comiéndose con las pupilas. También a veces naufragamos con las tormentosas vivencias que otros nos narran y las sentimos nuestras porque viajamos por la fibra óptica que nos conecta. Mirarse a través de los demás es descubrir nuestra otredad, es saber que  tenemos una gama de lentes que puede aumentar o disminuir una realidad.
Recientemente descubrí un lugar nuevo, el cual tenía años de querer visitar, fue realmente fascinante para mí, pero este encuentro no hubiera sido igual, si no lo hubiese visto a través del prisma de un joven que durante mi recorrido, hizo que mi viaje tuviera escenarios simultáneos, que no me dejara llevar, a simple vista, por los claros oscuros, sino que me arriesgara a quitarme el antifaz que impide que podamos gozar de la luz mágica de un amanecer y preguntarme porque un bote se balancea en un astillero a la hora que los peces empiezan a brillar en la oscuridad.
Sentada en el porche del hotel contemplando el polvo de las estrellas, recordaba la conversación que tuve con el joven y pensé en Saint-Exupéry. Imaginé que al igual que el Aviador me había encontrado al Principito narrándome cada una de sus vivencias en los planetas que visitó y qué había aprendido de la mirada de quienes los habitaban . Tal vez este oportuno visionario apareció para soplarme, con su aliento de jengibre, las telarañas de los ojos. Perpetuar que frente a otros sabemos quiénes somos, que en cada mirada debe haber apasionamiento y una insistente curiosidad  porque: “Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”.

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